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PORTADA
Un destello de justicia en la noche. Privado de visión y poseedor de extraordinarios sentidos, patrulla en la oscuridad alcanzando a aquellos que se ocultan de la ley, poblando de temor el corazón de delincuentes y de gratitud a las víctimas. Paladín de Manhattan, el hombre sin miedo... Daredevil
 
Ultimate: Daredevil

ULTIMATE DAREDEVIL #1
Leyendas I
Guión: Kleinsberg

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PORTADA: Sonidos, rumores, susurros. Se arrastran, se acercan, nos tocan. Se alejan (olvidan un eco). Fugaces como un soplo de vida. La plegaria, moribunda, persiste como un cáncer.

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La luz penetra a través de las amplias vidrieras, iluminando el rostro en paz de un Jesús agonizando, avivando la llama en la espada de un arcángel, cantando alabanzas al hijo de Dios resurrecto que camina envuelto en una túnica blanca. La luz penetra a través de las amplias vidrieras en la pequeña iglesia casi desierta. Los bancos quejumbrosos acogen tan sólo a una anciana marchita, que sostiene entre sus devotas manos un rosario y reza con fervor por su nieto que agoniza preso de la leucemia. Un jubilado tembloroso y flaco de chaleco raído enciende una vela ante un icono de la Virgen María y se santigua, tan sólo quiere reunirse pronto con su esposa, sea en el cielo, sea en el infierno. Un muchacho sale avergonzado del confesionario, con la cabeza baja se dispone a rezar su penitencia, no muy rigurosa, después de todo, su único pecado real es la juventud, y el padre Blasco lo sabe, el padre Blasco es comprensivo.

La luz penetra a través de las amplias vidrieras, y el padre Blasco la ve reflejada en los rostros grises de sus feligreses y, como cada día, se pregunta si no les habrá fallado, si no podría hacer algo más por su felicidad. Se pregunta si no será un mal sacerdote por no saber compartir con su rebaño el júbilo que a diario le embarga por vivir una vida consagrada al Señor. Y la dolorosa respuesta le llega en su forma más cruda. Si a algún fiel ha fallado, si ante algún ser alguna vez toda su fe se ha vuelto estéril, es ante ese hombre que aguarda ante los tres escalones que dan acceso al pórtico. Impotente desde su silla de ruedas ante tan nimio obstáculo, incapaz de ver nada de lo que le rodea, es a los ojos del padre Blasco la viva imagen de la desolación. Derrotado de antemano baja a recibirlo.

- Matthew, Matthew, ¿cómo estás?

- Vengo a confesarme, padre.

- Claro hijo, claro. Pero espera un momento, aquí, en la calle... este no es lugar para hablar de estas cosas, iré a buscar ayuda.

Entra en la iglesia y espera a que el muchacho termine de rezar, pues sabe que no le queda mucho. Luego, entre los dos (pues el padre Blasco conserva una gran fortaleza física a pesar de haber superado los sesenta) suben primero a Matt, lo sientan en un banco, y luego suben la silla.

- Padre, ¿quiere que me quede para ayudarle cuando se vaya?

- No hace falta Joseph, ya me las arreglaré, de verdad.

- De todos modos, estaré por ahí fuera.

- Lo que tienes que hacer ahora mismo es ir a la escuela. - Replica Blasco con aire severo. Espera a que se vaya, igual que se ha ido el jubilado. Sólo el reverendo, Matt y la anciana siguen en el templo.

- Antes de que empecemos, Matthew - se sienta junto a él, secándose el sudor de la frente- , creí que ya habíamos hablado de esto. No es necesario que vengas a confesarte varias veces por semana. No eres un mal hombre, tu único pecado es el sufrimiento, vivir te ayudaría tanto como rezar.

- Esta vez es diferente, padre Blasco.

- Siempre dices que es diferente. Pero empiezo a creer que en ti el sacramento de la confesión puede resultar más perjudicial que benigno, esto... raya en lo enfermizo....

- ¿Quién habla ahora, el reverendo o el doctor en psiquiatría Anthony Blasco?

- Yo soy siempre yo. Por el amor de Dios Matthew, eres un hombre joven. Joven y con una vida por delante, a pesar de todo. Te sobrepondrás a esto, créeme, lo harás como hiciste con tu ceguera

- Aquello fue distinto - interrumpe Matt- , nunca sentí mi ceguera como una pérdida real, usted sabe que lo que me fue dado a cambio fue, no sé, fue...

- Y ahora soy yo quién debería preguntar ¿quién habla ahora, Matthew o el joven y brillante abogado Matt Murdock? La vida no es un tribunal, en la vida real no todo es negociable, y... en fin, y no siempre vas a poder demandar a Dios para que te ofrezca una indemnización a cambio de las desgracias que te ocurran, por atroces que éstas sean.

- Yo no quiero compensación, padre. Sólo quiero saber porqué.

- ¿Por qué? ¿Por qué? Quedaste ciego en un accidente y a cambio obtuviste dones maravillosos, dones que usaste para bien o para mal, pues no puedo ni quiero juzgarte, pero los usaste al fin y al cabo con nobles intenciones. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que suceder así? ¿Por qué tuviste luego que verte postrado en esta silla? ¿Por qué? Tal vez nunca llegues a saberlo, y la fe te ayudará, tal vez no a comprender pero sí a soportar. La fe, pero... pero no te obsesiones... la fe, ¿sabes? nos da fuerzas, la fe nos muestra caminos, pero puede también convertirse en una cárcel.

- Por favor, padre, necesito confesarme.

- Vamos.

Se levanta y camina acompañado del leve zumbido del motor eléctrico de la silla. Como han hecho otras veces, se dirigen al confesionario que está en el rincón más apartado, allí el padre Blasco se sienta, con los ojos entrecerrados, ofreciendo su perfil a Matt, y éste permanece fuera, postrado en su silla, y habla:

- Bendígame padre, porque he pecado.

- ¿Cuáles son tus pecados hijo?

- No sé muy bien que nombre darle, pero es un sentimiento exultante y triste a la vez, es una alegría pura que me invade, y una penumbra.

- Intenta ser más claro.

- Siento en mí una gran decepción, como si el destino me hubiese arrebatado una última batalla, aunque... aunque sé, sabía que ya nunca llegaría. Y siento también alegría, y eso me atemoriza.

- ¿Qué puede haber de malo en la alegría?

- ¿Es pecado, padre, alegrarse de las desgracias ajenas?

- Sí

- ¿Es pecado, padre, sentir felicidad por la muerte de un hombre?

- Sí

- Entonces he pecado.

- Dime hijo, ¿qué es lo que te abruma?

- Kingpin ha muerto.

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Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta. Wilson Fisk ha muerto, pienso, y aquí, en su funeral, no me saco de la cabeza las palabras de Dos Passos, apilados en la estrecha isla... Wilson Fisk ha muerto, pienso, y es un buen título para el artículo que quiero escribir. Wilson Fisk ha muerto, por Ben Urich. Soy Ben Urich, cronista, periodista de sucesos, antropólogo urbano.

- Mira, ¿no es ese Urich? ¿Qué hace aquí esa rata?

- Chst, te va a oír.

- Que se joda.

"Que se joda" dice, jódete tú. Pero no digo nada, no vale la pena, en lugar de eso me limpio las gafas y me abro paso entre todos estos periodistas de pacotilla, niños de papá con master que se dedican a la información económica, o carroñeros de la prensa del corazón. Y ahí, al fondo, la veo: Vanesa Fisk, ya hay quien la compara con Jackie Onassis, bastante más joven que su difunto esposo, el luto la vuelve más bella, si cabe, a su derecha su hermana: Claudia, poco más que una niña, dicen que sentía auténtica devoción por Fisk, cuyo apellido lleva también, un tío para ella en lugar de un cuñado, no conozco al hombre que está tras ellas.

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Entramos en la sala abarrotada, el Maestro dijo que debíamos venir, contemplar por vez última al Némesis. Ha muerto y hemos fallado. Hemos fallado a nuestra bienamada ciudad, huérfana del paladín. Hemos fallado a nuestros propios corazones. Hemos fallado a la memoria del Sin Miedo. El Maestro se apoya en mi brazo y siento su debilidad. El Maestro es un pedazo de vida sin carne ya ni futuro, roído por el tiempo y la muerte. Y nosotros los Portadores debimos dejarlo hace tiempo. Debimos abandonar su senda de recuerdos y esperas y lanzarnos en pos de los pasos del Errado.

Un hombre anciano, ciego, rodeado de tres figuras.

El Errado lo comprendió. Él fue el primer Portador y lo comprendió. Comprendió cuando desapareció el Sin Miedo que sin él se extinguiría el sueño americano. Eso no puede permitirse. No debe suceder. Ni siquiera el Maestro es consciente de que nosotros debemos ser los custodios del sueño. Pero lo comprenderá. Tras el ocaso del Sin Miedo y la muerte de Fisk las dos caras del sueño han caído ya. Llega el tiempo del Errado y debemos estar preparados.

Daniel Cohen. Julia Blackgate. Thomas Rawls. Los tres portadores

La historia más vieja del mundo. Una traición. La Voz me lo garantizó. Traicionaré al hombre que reverencio a cambio de una mujer. Puedo verla ahora y el deseo me inflama. Sólo yo puedo ver a la mujer, el resto ven sólo una niña, una bonita pre-adolescente, poco más que una chiquilla enfundada en un vestido de luto poco adecuado a su edad. Sólo yo puedo en ella la mujer que será, la mujer que yo ayudaré a nacer. En sus curvas incipientes, su límpida mirada, sus labios nunca mancillados por el beso de un hombre. Claudia Fisk será mía a cambio de una traición. La Voz lo dijo.

- Julia - dice en un susurro el Maestro- , cuídate de tus hermanos.

Traición.

- No le entiendo

- Shhhh - y hace un gesto para que calle.

- ¿Decía algo? - inquiere Rawls.

- No, nada.

- Bien, en ese caso debo irme, Maestro. Debo reunirme con mis asesores antes de mi intervención.

- No te preocupes - responde Julia- , nosotros le atenderemos.

Rawls aleja su corpachón de casi un metro noventa de altura y apenas ha caminado unos pasos cuando un joven de flequillo rebelde y aire nervioso y servil le asalta, mientras ambos se alejan Daniel Cohen y Julia Blackgate pueden oír lo que dice: "Concejal, por fin le encuentro, aquí tiene la versión definitiva del discurso. Incidí más en el sueño americano como usted pidió y" las voces se pierden entre el gentío.

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Alguien dicta a su grabadora y yo tomo notas de pie como puedo y pienso en Dos Passos y Fisk y en esta pobre ciudad y me digo que al menos yo, Ben Urich, permaneceré el tiempo suficiente para decir algo, aunque no sé muy bien qué. Alguien dicta a su grabadora:

- El funeral se oficia en la capilla de la familia Fisk y lo llevarán a cargo cinco sacerdotes de las cinco confesiones religiosas mayoritarias de la ciudad. Este fue un deseo expreso de Wilson Fisk, devoto creyente en Dios, "un Dios que descubro individualmente en la lectura de la Biblia", había dicho en alguna ocasión. Mencionar también su amor por Manhattan. Y apaga su grabadora. Capullo. Wilson Fisk era uno de los rascacielos que se apilaban en la estrecha isla. Kingpin era otro. Wilson Fisk, Kingpin, dos personalidades de un mismo hombre que apenas si dejaban sitio a otros rascacielos en Manhattan. Para bien o para mal Fisk y Kingpin pertenecen a la ciudad... o la ciudad les pertenece, con todos los que estamos dentro. Para bien o para mal... y ni siquiera su muerte, de un plumazo, puede eliminar esta mutua pertenencia que es más fuerte día a día. Y pienso que es una lástima no poder escribir esto, pues en todos estos años ni siquiera he podido demostrar la existencia de Kingpin. ¿Cómo entonces afirmar lo que intuyo, que él y Fisk eran la misma persona? Apilados en la estrecha isla... el destino erigió otro edificio, más humilde y a la vez más altivo, más oscuro y al tiempo más luminoso, más fugaz y sin embargo inmortal. Era poco más que un destello rojo-amarillo en la noche, era poco más que la encarnación de la esperanza y la nobleza, era el espejo en el que aspiraban a mirarse los pedacitos de buenos hombres que hay dentro de nosotros. Era Daredevil.

No estoy muy seguro de tener algo más que decir. Guardo en el bolsillo mi acreditación de periodista y me pongo en la larga cola, anoto algo en el bloc y arranco la hoja, guardándola en la palma ahuecada de mi mano. Apenas si me detengo ante el cuerpo para mostrar mis respetos al muerto. No estoy muy seguro de tener algo más que decir, y dejo caer, sin que nadie lo vea, la hoja de mi mano. Reposa ignorada entre las flores:

Babilonia y Nínivie eran de ladrillo. Toda Atenas era doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno del Cuerno de Oro... Acero, vidrio, baldosas, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta.

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EL CORREO SEGÚN MATEO

Bueno... al fin Kleinsberg ha terminado sus parrafadas y puedo tener mi rinconcito de gloria (me consta que se reprime para no escribir frases más largas, además, no sé por qué se complica tanto la vida, tras su baño semanal de morfina me contó que todo el primer párrafo es una reproducción de la portada, cambiando de un plano abstracto a otro concreto ¿pa qué? ¡Si nadie se va a fijar!). Como este es el primer número y no hay correo, aclararé un par de puntos y adiós muy buenas. Lo primero es lo primero, en el número hay una cita, como Urich dice en su monólogo interior, las líneas que cierran el capítulo son de John Dos Passos,, para ser más precisos, se trata del párrafo que encabeza el segundo capítulo de la clásica novela Manhattan transfer. Otra aclaración (que tal vez no sea necesaria, no lo sé) es sobre la alusión a los colores rojo y amarillo como característicos de Daredevil, éstos eran, efectivamente, los colores originales del primer traje del hombre sin miedo. Fue de la mano del dibujante Wally Wood (que debutó en Daredevil en el número cinco), en el número siete USA, cuando el superhéroe ciego debutó con el traje rojo que todos conocemos.

Casi se me olvida, este número, por ser el primero, es bastante más largo de lo que serán habitualmente.

Y de momento eso es todo.

Tendréis noticias de mi abogado

kleinsberg@yahoo.es

 
 
   
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